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Wednesday, June 2, 2021

Día 46 (Levítico 20, Levítico 21, Levítico 22)

Se prescribe la pena de muerte para una serie de conductas sexuales que ya se habían tipificado como prohibidas, se especifican condiciones de estricta pureza que los sacerdotes deben observar y se dan instrucciones estrictas relacionadas con la pureza de las ofrendas.

La imposición de pena de muerte por los delitos que se enumeran en el capítulo 20 puede parecer una pena cruel y despiadada, pero quien así piense, debería preguntarse a qué se debe que Dios recurra a tan extrema y tan radical medida. Al juzgar la pena de muerte como una crueldad, tomemos en cuenta que estaríamos juzgando desde la posición de seres humanos pecadores, cuyo corazón “es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso” (Jeremías 17:9). Por lo tanto, no es nuestro criterio el que debe tomarse en cuenta sino el de Aquel para quien tales conductas merecen pena de muerte. Es Su criterio el que ha de prevalecer. Debe tomarse en cuenta también el propósito de Dios en ese momento de la historia de la redención del ser humano. Dios está imponiendo una ética superior, un orden moral supremo, al pueblo del cual habría de nacer Su Hijo.

En cuanto a las condiciones de estricta pureza impuestas a los sacerdotes, es importante señalar que estas tienen que ver con la pureza y la santidad de Dios. Los sacerdotes eran intercesores entre el pueblo y Él, por lo tanto, se esperaba de ellos que fueran libres de toda contaminación y de todo defecto. Debían mantener una conducta limpia, una forma de vivir pura, no solo en cuanto a mantenerse libre de contaminación física, sino también social, espiritual y mental. Sencillamente no debían exponerse al contacto con todo lo que fuera profano, desordenado y defectuoso. Dios es espíritu puro, limpio, perfecto, justo y santo. Todas estas prescripciones tenían como propósito formar tal imagen de Dios en la mente del pueblo (y también de nosotros, porque Dios no ha cambiado, Él sigue siendo el mismo Dios santo que mora en luz inaccesible). Esta imagen de Dios, que es la correcta, permitió entonces preparara el camino para la venida de Jesús, porque al entender cómo es Dios de limpio y santo, se puede entonces entender la necesidad que tenemos de la obra de Jesús para hacernos limpios y santos en Su sangre para servirle al Padre.

En relación con la necesidad de que las ofrendas fueran puras y que no hubiera en ellas defecto alguno, se puede observar en ello una prefiguración del requisito que debía cumplir Aquel que había de ser ofrenda para Dios por nosotros, siendo ese requisito que Él mismo fuera sin mancha, sin defecto, tal como se lee en 1 Pedro 1:19, donde se habla de “el Cordero de Dios, que no tiene pecado ni mancha”. Todo lo que leemos en estos capítulos de Levítico, que puede parecer extremo y radical, no debería sorprendernos. Es Dios preparando los corazones, es Dios anunciándonos Su naturaleza perfecta, ordenada, la naturaleza de un Ser en cuya presencia todo es limpio, organizado, bello, puro y santo.

En la lectura de hoy pudimos ver cómo la pena de muerte para una serie de conductas ilícitas se justifica si tomamos en cuenta la naturaleza divina, también cómo las condiciones de pureza impuestas a los sacerdotes nos anuncian nuestra necesidad de pureza que Jesús ha hecho posible en nosotros por Su sangre, como Cordero sin mancha y sin defecto, como debe ser toda ofrenda hecha a Dios.

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