La lectura de hoy nos presenta una imagen clarísima de un Dios de cuya mente procede el más excelente tratado sobre la manera correcta de administrar la tierra de cultivo, y no solo prescribe esa administración de la tierra sino también el trato humanitario que debe darse a la mano de obra que la trabaja, para lo cual hay ricas bendiciones, como también, de no cumplirse tales instrucciones, se anuncian las severísimas consecuencias que sufrirían.
Es admirable el hecho de que en las Escrituras se recojan tan sabias instrucciones, sobre la forma como debe usarse un bien tan preciado para toda colectividad humana como lo es la tierra de cultivo, la tierra de la cual procede todo lo que el ser humano necesita para su sustento. El Señor, en Su omnisciencia insuperable, establece que después de seis años de cultivo, la tierra debe descansar un año entero, para que ella se pueda recuperar. Esta es una práctica cuyo sustento científico está debidamente establecido. Se ha comprobado que la tierra excesivamente cultivada, sobre la cual se siembran año tras año grandes extensiones de monocultivos, y sobre la cual se riegan fertilizantes y herbicidas, sufre un proceso de mineralización (pérdida de materia orgánica), compactación, acidificación, es decir, la tierra se agota y los suelos sufren fatiga como resultado de las prácticas insostenibles. Pero esto es algo que se descubrió científicamente si acaso hace unos doscientos años, mientras que ya Dios lo había previsto cientos de años antes de Cristo. Por esta razón, cuando leemos en Levítico 25 tan excelentes instrucciones sobre la forma como debe usarse la tierra, a uno no le queda más que admirarse de las sapientísimas instrucciones del Creador para el pueblo que Él había escogido de entre todos los pueblos de la tierra.
También está el tema del trato a los seres humanos que laboran la tierra, especialmente a los que fracasaran en el intento, porque recordemos que ya se nos había dicho que la tierra solo iba a producir espinos y cardos y por esa razón es con el sudor de nuestras frentes que nos vamos a ganar el pan de cada día. Ganarse el pan de cada día en estas condiciones genera desigualdad, de allí que debía prescribirse el año del jubileo, el rescate de propiedades y el rescate de los pobres y esclavos. El año del jubileo era con el fin de cada uno de ellos pudiera regresar a la tierra que les pertenecía a sus antepasados, con el fin de que no se aprovechara el uno del otro, al poder volver la tierra a sus primeros dueños. Tomemos nota de esto que se lee en Levítico 25:16: “Mientras más años faltan para el siguiente jubileo, más alto será el precio; mientras menos años, menor será el precio. Después de todo, la persona que vende la tierra en realidad está vendiendo una cierta cantidad de cosechas”. ¡La tierra en sí misma le pertenecía a Dios, no a los seres humanos! De este pasaje se pueden sacar una enseñanza muy importante: las cosas no tienen valor en si mismas; es el valor que nos generan lo que importa. Por esta razón, para dar instrucciones rescate de propiedades, se presenta este principio: “La tierra no debe venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía. Tú solamente eres un extranjero y un arrendatario que trabaja para mí” (Levítico 25:23). ¡Esta es una idea profundamente importante! Así, pues, no era a perpetuidad que alguien podía apropiarse de la tierra de otra persona que se hubiera empobrecido, y se evitaba de esta manera lo que se conoce como latifundio, que produce el horrible resultado de desigualdad que se transmite de una generación a otra. Para el rescate de los pobres y los esclavos, también se daban instrucciones con el fin de que nadie pudiera explotar a otro. Un israelita podía tener a otro israelita como esclavo, pero esto no era a perpetuidad. Había dos maneras como podía liberarse: 1) que un familiar lo redimiera, y 2) que llegado el año del jubileo, ellos fueran liberados.
La lectura de hoy termina con un capítulo dedicado a las ricas bendiciones si se seguían las instrucciones dadas y al anuncio de las severísimas consecuencias que sufrirían si no eran capaces de poner en práctica las estrictas medidas de protección de la tierra y de la mano de obra. Las bendiciones consistían en el hecho de que habría paz, serían libres de las fieras salvajes, tendrían con qué hacer frente a los enemigos, jamás habría sequía ni inundación y gozarían de abundancia de cosechas. Las consecuencias serían todo lo contrario de lo anterior. Lo admirable de este anuncio de consecuencias es que se presentan como una ruptura de la relación de ellos con Dios, pues la desobediencia se interpreta como un volverse hostiles a Él. De modo que las consecuencias tenían como fin ganar el corazón de ellos, para que cesara esa hostilidad en el corazón de ellos y lo volvieran a amar.
Como ya se dijo anteriormente, la lectura de hoy nos presenta una imagen de un Dios omnisciente, que prescribe con miles de años antes de que el hombre lo descubriera por su propio ensayo y error, la manera correcta de administrar la tierra de cultivo, lo cual evitaría los desastres ambientales que hoy tenemos, y no solo prescribe esa administración de la tierra sino también el trato humanitario que debe darse a la mano de obra que la trabaja adelantándose a los sistemas políticos que el hombre ha tratado infructuosamente de implantar con el fin de generar igualdad, y termina la lectura con el anuncio de ricas bendiciones, como también, de no cumplirse tales instrucciones, se anuncian las severísimas consecuencias que sufrirían.
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