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Saturday, June 12, 2021

Día 50 (Números 8, Números 4, Levítico 9)

En los pasajes de hoy hemos asistido al momento en que Dios manda que los levitas sean consagrados, a la distribución de los deberes relacionados con el desarmado de todos los elementos del tabernáculo para su transporte entre los tres clanes de los levitas y a la ejecución del sacrificio para la purificación de los sacerdotes y del pueblo para que la gloria del Señor se apareciera, lo cual en efecto ocurrió cuando fuego ardiente salió de la presencia del Señor para quemar la ofrenda.

En cuanto a la consagración de los levitas, podemos observar que primero se hace expiación por ellos para justificarlos, luego se les aparta, es decir, se les santifica, y se les declara pertenencia del Señor, pues fueron tomados como sustitutos de los hijos varones de los israelitas, cuando Dios hirió de muerte a los primeros hijos varones de los egipcios. Esto es maravilloso, saber que a estas alturas del relato ya Dios estaba prefigurando lo que ocurriría cientos de años más adelante, cuando Jesús sería ofrendado por todos nosotros, con el fin de hacernos justos delante de Él a nosotros, para que así nosotros también podamos ser ofrendados a Dios para gloria de Él. Una vez que los levitas fueron dedicados, ellos entraron al tabernáculo con el fin de llevar a cabo sus funciones. Del mismo modo nosotros, una vez que somos dedicados en Cristo para gloria de Dios, podemos llevar a cabo nuestras funciones.

La distribución de los deberes relacionados con el desarmado de todos los elementos del tabernáculo para su transporte entre los tres clanes de los levitas es digna de admiración pues, para llevar a cabo tan delicadas funciones, Dios primero da instrucciones precisas relacionadas con identificar a los encargados, luego les indica los problemas que deben prever, y por último les señala la secuencia de las acciones que deben ejecutar. Esta secuencia era muy importante, porque cada uno de los elementos del mobiliario, principalmente el arca, tenía un potencial de destrucción para ellos. Eran cosas santas, que no podían ser manipuladas por cualquiera, sino por aquellos que ya habían sido purificados y que sabían cómo acercarse y cómo tomar cada uno de los objetos, protegiéndose ellos, y a la vez protegiendo a los objetos. ¿Qué enseñanza puede tener esto para nosotros? Bueno, esto nos sirve para meditar acerca de la santidad de Dios. Su santidad es tal, que puede hacernos daño, puede destruirnos. Por esa razón, para acercarnos a Él necesitamos a Jesús, el que nos ha purificado, y habiendo llenado esta necesidad, cuando nos acercamos a Dios en oración, no lo hacemos ni descuidada ni casualmente, sino con una perfecta conciencia de esa característica de Él que puede ser muy traumatizante: Su santidad.

La ejecución del sacrificio para la purificación de los sacerdotes y del pueblo para que la gloria del Señor se apareciera es digna de análisis. Todos los actos de ofrenda y sacrificio por el pecado fueron llevados siguiendo las estrictas instrucciones dadas por Dios por medio de Moisés, y al final, en efecto “la gloria del Señor se apareció a toda la comunidad”. Se lee que un fuego ardiente salió de la presencia del Señor y consumió la ofrenda quemada. También se lee que cuando los israelitas vieron esto, gritaron de alegría y se postraron rostro en tierra. ¿Qué podemos hacer para que la gloria del Señor se nos aparezca a nosotros hoy? ¿Cómo podemos lograr que salga fuego ardiente de la presencia del Señor? Bueno, estas son preguntas un poco necias. En realidad, no es algo que podamos lograr con nuestras acciones. Esto es algo que Dios hizo posible por medio de las acciones de Él a través de Jesús Su Hijo. Jesús fue ofrendado por nosotros, Jesús recibió, por decirlo de alguna manera, el fuego ardiente de la presencia del Señor cuando murió por nosotros en la cruz. Allí fue donde Su gloria se mostró. Dios se glorificó con la muerte de Jesús y aún más con Su resurrección. Como resultado de lo que Dios hizo por medio de Jesús, el Cordero de Dios, Él hizo posible “que podamos conocer la gloria de Dios que se ve en el rostro de Jesucristo” (2 Corintios 4:6). Además, en Cristo, “a quienes nos ha sido quitado el velo, podemos ver y reflejar la gloria del Señor” (2 Corintios 3:18).

En conclusión, hoy hemos comprendido que, al igual que los levitas, hemos sido consagrados en Cristo, por medio de la expiación, la justificación y la santificación en Cristo, y al igual que los levitas, se nos ha purificado por la sangre de Cristo para que podamos entrar con toda libertad en el Lugar Santísimo, y luego ¡salir de allí reflejando la gloria del Señor!


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