Debido a Su santidad, y a Su gloria, el Señor es extremadamente estricto en cuanto a los elementos profanos y al momento en que se puede entrar en contacto con Él, por lo tanto, debían tomarse las más estrictas precauciones al llevar a cabo los actos de justificación, y si entre los pecados había perjuicio contra otro debía restituírsele con un veinte por ciento adicional, y esto era como restituirle al Señor mismo porque si el agraviado hubiera muerto, la restitución debía entregarse al sacerdote, es decir, al Señor.
En cuanto a los
elementos profanos que el Señor exigía mantener fuera del contacto con Él se
encuentra la energía en forma de fuego. Los hijos de Aarón cometieron el error
de poner en sus incensarios brasas que no procedían del altar, y debido a que
la gloria del Señor estaba presente, salió fuego de Su presencia y los consumió.
Tampoco se podían introducir el elemento profano del alcohol que al consumirse
obnubila la mente y trastorna el juicio.
Debido a lo anterior
debían tomarse las más estrictas precauciones en cuanto al momento que podían
acercarse a Su presencia. No era cuando se les antojara, ni de forma casual, sino
que una vez al año, después de haber cumplido con todo un proceso cuyo fin era
asegurar la justificación de ellos. Era el décimo día del séptimo mes, y ese
día debían guardar estricto reposo negándose a sí mismos.
Por último, la
restitución con un veinte por ciento adicional era una ley necesaria para quitar
completamente el desagravio cometido contra otra persona. El cien por ciento
abarca el daño material y ese veinte por ciento adicional constituía resarcimiento
del daño moral. Hacer esto al agraviado era como hacerlo al Señor pues si el
agraviado hubiera muerto, la restitución debía entregarse al sacerdote, es
decir, al Señor.
En el caso nuestro, la
santidad y la gloria de Dios exigen que seamos extremadamente estrictos en
cuanto a los elementos profanos que puedan entrar en contacto con nuestras
mentes, porque lo que sale de la mente, llega eventualmente a contaminar el
cuerpo (Marcos 7:20-23), y es de toda esa contaminación que se nos ha purificado
en la sangre de Cristo, y necesitamos entender que cuando agraviamos a otro, es
con Dios con quien entramos en deuda, por lo tanto hay que restituirle con
creces al agraviado como si le restituyéramos a Dios mismo.
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