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Tuesday, June 15, 2021

Día 51 (Levítico 10, Levítico 16, Números 5:5-10)

 Debido a Su santidad, y a Su gloria, el Señor es extremadamente estricto en cuanto a los elementos profanos y al momento en que se puede entrar en contacto con Él, por lo tanto, debían tomarse las más estrictas precauciones al llevar a cabo los actos de justificación, y si entre los pecados había perjuicio contra otro debía restituírsele con un veinte por ciento adicional, y esto era como restituirle al Señor mismo porque si el agraviado hubiera muerto, la restitución debía entregarse al sacerdote, es decir, al Señor.

En cuanto a los elementos profanos que el Señor exigía mantener fuera del contacto con Él se encuentra la energía en forma de fuego. Los hijos de Aarón cometieron el error de poner en sus incensarios brasas que no procedían del altar, y debido a que la gloria del Señor estaba presente, salió fuego de Su presencia y los consumió. Tampoco se podían introducir el elemento profano del alcohol que al consumirse obnubila la mente y trastorna el juicio.

Debido a lo anterior debían tomarse las más estrictas precauciones en cuanto al momento que podían acercarse a Su presencia. No era cuando se les antojara, ni de forma casual, sino que una vez al año, después de haber cumplido con todo un proceso cuyo fin era asegurar la justificación de ellos. Era el décimo día del séptimo mes, y ese día debían guardar estricto reposo negándose a sí mismos.

Por último, la restitución con un veinte por ciento adicional era una ley necesaria para quitar completamente el desagravio cometido contra otra persona. El cien por ciento abarca el daño material y ese veinte por ciento adicional constituía resarcimiento del daño moral. Hacer esto al agraviado era como hacerlo al Señor pues si el agraviado hubiera muerto, la restitución debía entregarse al sacerdote, es decir, al Señor.

En el caso nuestro, la santidad y la gloria de Dios exigen que seamos extremadamente estrictos en cuanto a los elementos profanos que puedan entrar en contacto con nuestras mentes, porque lo que sale de la mente, llega eventualmente a contaminar el cuerpo (Marcos 7:20-23), y es de toda esa contaminación que se nos ha purificado en la sangre de Cristo, y necesitamos entender que cuando agraviamos a otro, es con Dios con quien entramos en deuda, por lo tanto hay que restituirle con creces al agraviado como si le restituyéramos a Dios mismo.

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