Notas
En estos pasajes se recoge la descripción que le hace Dios a Moisés del atrio del tabernáculo o carpa de reunión. También le describe el mobiliario, las vestimentas de los sacerdotes y le instruye sobre el pago del rescate que cada israelita debía hacer por sí mismo.
La primera impresión que uno recibe es el de la magnificencia de los materiales y el diseño de esa carpa o tabernáculo. Uno se pregunta cuál sería el propósito de lo que puede parecer un lujo excesivo, y hay razón para la pregunta, porque esta se haría desde un contexto en el cual nos encontramos, el contexto en el que ya entendemos que Dios es espíritu y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
Para dar respuesta a a la anterior pregunta podemos apoyarnos en Hebreos 8:1-5, donde se lee que se trataba de "un sistema de adoración que es solo una copia, una sombra del verdadero, que está en el cielo". También explica que ahora Jesús es nuestro sacerdote sentado "a la derecha del trono del Dios majestuoso en el cielo. 2 Allí sirve como ministro en el tabernáculo del cielo, el verdadero lugar de adoración construido por el Señor y no por manos humanas."
Estamos hablando de dos sistemas de adoración: uno que es copia, y otro que es el verdadero. En Éxodo 27 y 28 estamos leyendo la descripción del que es copia, por lo tanto, debía ser modelo del que está en el cielo. Era necesario ese nivel de magnificencia y majestuosidad por medio de un diseño y materiales de la más alta calidad, con el fin de causar una impresión de muchísima reverencia en los adoradores.
Lo mismo se puede decir de las vestiduras de los sacerdotes. Debían seleccionarse los más exquisitos materiales y las más preciosas gemas con el fin de dar idea de la santidad de Aquel en Cuya presencia oficiaban.
El incienso aromático era el más especial, formulado exclusivamente para poner en aquel incensario, del cual subía el aroma más delicioso que podía haberse elaborado, pues Quien lo iba a recibir era así de especial y de único. Más adelante, en Apocalipsis, se explica que el incienso es un simbolismo de las oraciones de los santos, o sea, de nosotros.
Las lámparas debían estar ardiendo continuamente. Ese arder continuo, permanente, es un símbolo de la ofrenda que Dios merece que hagamos continuamente de nuestros pensamientos de gloria y honra para El.
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