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Thursday, May 20, 2021

Día 35 (Éxodo 34, Deuteronomio 10:1-5, Deuteronomio 10:10-11, Éxodo 35, Éxodo 36:1-19)

Estamos en el año 1491 a. C. Moisés ha vuelto a subir al Monte Sinaí a interceder por el pueblo. Dios le entrega un nuevo juego de las tablas de la ley. Da comienzo la construcción del tabernáculo (adaptado de http://www.wycliffenz.org).

En estos pasajes se nos presenta un evento especial en el cual el Señor proclama su identidad delante de Moisés y este se postra hasta el suelo y adora. Después que Moisés le pide que Él los tome como Su posesión más preciada, esta es parte de la respuesta del Señor:

—Escucha, yo hago un pacto contigo en presencia de todo tu pueblo. Realizaré milagros que jamás se han hecho en ningún lugar de la tierra ni en ninguna otra nación. Todos los que te rodean serán testigos del poder del Señor, el imponente despliegue de poder que yo haré por medio de ti. 11Pero presta atención a todo lo que hoy te ordeno, porque entonces iré delante de ustedes y expulsaré a los amorreos, a los cananeos, a los hititas, a los ferezeos, a los heveos y a los jebuseos.

Aplicándolo a nuestro tiempo, el pacto que hace el Señor con nosotros también consiste en hacernos testigos de Su poder mediante un imponente despliegue de poder que él hará por medio de nosotros. Estamos hablando del poder de la transformación, mediante la expulsión, ya no del territorio, sino de nuestras vidas de todo aquello que estorbe a Su propósito.

El Señor exige que se le entregue la primera macho cría de todo animal y la primera cría macho del vientre de la mujer, o redimir estas crías haciendo un sacrificio. Esto revela el carácter de Dios en el sentido de que Él es digno de lo más selecto.

El resplandor del rostro de Moisés después de haber estado delante de la presencia de Dios tiene su paralelo en lo que nos pasa a nosotros después de haber estado en secreto en intimidad con Él. Dice Jesús que él nos recompensará en público.

El tema de guardar el día de reposo también tiene su paralelo en la idea de descansar en el Señor. Cuando el ser humano trabaja, lo hace porque quiere generar una ganancia para sí mismo, pero el Señor espera que el tiempo del tiempo que vivimos no sea todo para trabajar, Él espera que le dediquemos tiempo a la adoración porque Él merece hacer que el trabajo espere.

El pueblo se excedió en la cantidad de ofrenda para el tabernáculo. Trajeron de lo más preciado de sus tesoros. Este era otro pueblo, ya habían aprendido la lección. El Señor es el dueño de todo lo que tenemos y es merecedor de lo más selecto de nuestras vidas.


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